Concurso 2026, categoría B, primer premio, Iker SANZ RUIZ: Lo que no se dice en voz alta
Categoría B- Primer premio
Iker SANZ RUIZ (2º BACH-Grupo B)
Lo que no se dice en voz alta
Marcos tenía la costumbre de hablar con su abuelo los domingos, aunque su abuelo llevara tres años muerto.
No era algo que le contara a nadie. En el instituto, Marcos era de esos chicos que parecen impermeables: respondía en clase con precisión, jugaba al fútbol sin pasión excesiva, mantenía conversaciones intrascendentes con facilidad. Nadie habría adivinado que cada domingo por la mañana, antes de que los demás se despertaran, sacaba del cajón de su escritorio un cuaderno de tapas negras y escribía con letra apretada y vertical que había heredado de él.
Abuelo: esta semana ha pasado lo siguiente.
Y lo contaba todo. Sin filtros, sin el pudor que el imponía la presencia física de los demás. Le habló del examen de Matemáticas que había suspendido y del que no pensaba decirle nada a su madre. Le habló de la chica del otro grupo con la que no sabía cómo empezar una conversación. Le habló del miedo que le daba el año siguiente, la selectividad, la universidad, el peso de tener que elegir quién ser antes de saber del todo quién era.
El abuelo, en vida, había sido un hombre de pocas palabras y mucha presencia. Carpintero de profesión, leía en silencio todas las noches y nunca le dijo a marcos lo que tenía que hacer, solo le hacía preguntas y esperaba, con esa paciencia suya de madera bien curada, a que él solo encontrara la respuesta.
Marcos no sabía si lo que escribía en el cuaderno era un diálogo o un monólogo. Pero sí sabía que, al terminar, algo se ordenaba en su interior. Como si las palabras escritas ocuparan el espacio exacto que el silencio había dejado mal distribuido.
Un domingo de febrero escribió más de lo habitual. Había tenido una discusión con su padre, de las que no terminan con portazo sino con esa frialdad peor, esa cortesía tensa de dos personas que se quieren y no saben cómo decírselo sin que parezca debilidad. Escribió durante cuarenta minutos. Cuando terminó, el cuaderno quedó abierto sobre la mesa y marcos se quedó mirando las páginas con los codos apoyados en las rodillas.
Entonces vio, al final de la última página, escrito con una letra diferente a la suya, algo que lo detuvo.
«Cuéntaselo a él también».
Se le heló la sangre. Cerró el cuaderno de golpe. Lo abrió de nuevo, despacio, convencido de que lo había imaginado. La letra seguía ahí: cuatro palabras, en el margen inferior derecho, con la caligrafía apretada y vertical que él había heredado de su abuelo.
Tardó un minuto largo en comprender. La letra era la suya. La había escrito él mismo, en algún momento de los cuarenta minutos, sin ser consciente de ello. O quizá sí, en algún lugar por debajo del pensamiento deliberado, en ese territorio donde uno sabe las cosas antes de saber que las sabe.
Esa tarde bajó al salón. Su padre estaba viendo la televisión sin verla, con ese gesto ausente que Marcos había aprendido a reconocer como tristeza contenida.
Se sentó a su lado. Tardó un momento.
Oye -dijo-. Siento lo de antes.
Su padre apagó la televisión.
Estuvieron hablando hasta la hora de cenar. No resolvieron nada grande, porque los problemas grandes raramente se resuelven en una tarde. Pero algo se desplazó, como cuando se abre una ventana en una habitación que llevaba demasiado tempo cerrada.
Esa noche, antes de dormir, Marcos abrió el cuaderno en una página en blanco.
Abuelo: creo que ya sé para qué sirves.
Sonrió un poco. Cerró el cuaderno.
Y durmió mejor que en semanas.
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