Concurso 2026, categoría A, 2º premio, Mario RANSANZ MATA: El humo salía de la chimenea y la nieve tejía su manto helado
Categoría A- Segundo premio
Mario RANSANZ MATA (3º ESO-Grupo B)
El humo salía de la chimenea y la nieve tejía su manto helado
Soy María, tengo seis años y estoy esperando a mis amigas para ir juntas a la escuela como cada día. Vivo en una pequeña aldea del norte de España que está llena de niños y alegría, en un valle donde el verdor intenso de los prados se mezcla con el olor a pan de maíz recién horneado.
¡Mira, por ahí viene Paula!
- ¡Hola, María!
¿Qué tal?
Bien, pero ya es un poco tarde, ¿dónde se ha metido Carmen?
Hoy no la esperamos. Su madre me ha dicho que tiene fiebre.
Bueno, pues vámonos.
Sí, que se no la maestra nos va a regañar.
Subiendo por la calle de la iglesia nos encontramos a mi primo Nacho, que fue con nosotros durante el resto del camino. Nuestra escuela está un poco alejada del centro del pueblo y la vereda por la que tenemos que pasar ha sido sepultada por el barro y la escarcha. En vez de atravesar ese angosto y peligroso camino, decidimos ir junto a la carretera, con el único peligro de que pasara alguno de los pocos coches que había en el pueblo. Sien embargo, lo que llamará nuestra atención no sería un coche precisamente…
Oye, ¿qué hay en la entrada de esa finca?
Uy, es verdad, parece un animal, pero no sé qué es… ¡Venga, vamos a acercarnos! -dijo Paula con curiosidad.
Los tres bajamos rápidamente por esa pequeña ladera. Paula estaba empeñada en encontrarlo, así que cruzó una valla y comenzó a rebuscar entre varias ramas cubiertas de escarcha, con la sospecha de que ese animal podía estar enfermo o incluso herido. Eso fue exactamente lo que nos encontramos. A los pies de un majestuoso roble y rodeado de zarzas vimos a un pequeño gorrión que tenía un disparo en el ala izquierda. El pájaro, que tenía un color frío como la nieve, había sido alcanzado por un perdigón durante una cacería y, con ese perdigón, le llegó también su muerte. Le dimos sepultura allí mismo: nacho hizo un pequeño hoyo en la tierra y lo rodeamos con unas piedrecitas. Paula clavó una cruz que hizo con un par de palos. Todo ocurrió bajo un silencio helador.
Tras ello, continuamos cabizbajos hasta clase. No nos importaba llegar tarde. Durante el resto del camino nadie dijo nada. Yo solo podía pensar en el gorrión. Al día siguiente, Paula me dijo que había soñado con él y, más tarde, Nacho creyó haberlo visto en la plaza del Ayuntamiento. Decidimos contárselo a la maestra, que nos dijo que todo estaba en nuestra imaginación y que ese pájaro no se había movido de donde lo habíamos dejado. No volvimos a mencionar ese tema.
Con el paso de las semanas, el invierno dio paso a la primavera y a un sol resplandeciente. Todavía cuando pasábamos por aquel árbol nos acordábamos del gorrión y, ahora que el hielo había desaparecido, se podía ver la modesta tumba que le habíamos hecho. Sin embargo, cuando esta historia ya se había convertido en un mero recuerdo para nosotros, yo la volví a revivir. Fue una tarde en la que estaba haciendo los deberes en mi habitación cuando, de repente, el mismo gorrión al que habíamos enterrado estaba en mi ventana. Lo reconocí por la cicatriz del perdigón. No venía solo, sino que en su pico traía una nota. Ahora teníamos una nueva misión que cumplir…
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