Concurso 2026, categoría A, primer premio, Lucía DE LEÓN ESTEBAN: El chico que estudiaba en el Machado

 

Categoría A- Primer premio

Lucía DE LEÓN ESTEBAN (3º ESO-Grupo A)


El chico que estudiaba en el Machado

En el IES Antonio Machado de Soria, estudiaba un chico de 15 años llamado Mateo al que muchos consideraban introvertido, torpe y algo obsesivo con el más allá. A él no le molestaba del todo, ya que prefería centrarse en sus libros de historias paranormales o pasar el rato en la biblioteca del instituto.

Sin embargo, un día esa torpeza que tantos criticaban, terminó convirtiéndose en la clave para resolver un misterio que siempre había creado incertidumbre entre la población de Soria, incluso algunos profesores del instituto habían intentado investigarlo sin conseguir ninguna explicación convincente.

Aquella mañana Mateo caminaba hacia el instituto, vivía cerca de la plaza del vergel, un lugar que desde niño le había provocado una misteriosa conexión con lo desconocido. Mientras avanzaba por la acera, tropezó con una baldosa ligeramente levantada y cayó al suelo. Al incorporarse, vio que el golpe había dejado al descubierto un fragmento de piedra negra, aunque al mirarla fijamente comprendió que no era piedra, sino un trozo de carbón.

Movido por la curiosidad, lo recogió. Al tenerlo entre las manos notó una textura extraña y, al fijarse con más atención, descubrió que en la superficie había unas palabras grabadas de forma irregular, las cuales estaban algo borrosas. Sin embargo, pudo leerlas: “La vida no es sino una sombra que camina”.

Nada más leerla sintió una ráfaga de aire frío y al abrir los ojos, vio ante él la iglesia del Espíritu Santo. No era un lugar que conociera ya que jamás la había visto en persona, pues un incendio la había reducido a cenizas mucho antes de que él naciera. Sin embargo, allí se alzaba intacta, tal y como debió de ser tres siglos atrás, cuando aún vivían en ella los monjes expulsados por orden de Carlos III. Mateo comprendió entonces que había cruzado un límite que no sabía que existía, y que aquel hallazgo no era casualidad.

Mateo avanzó con cautela hacia la iglesia, sorprendido por la calma que transmitía aquel lugar marcado por una historia tan trágica. El aire tenía un olor antiguo, una mezcla de ceniza y humedad que o coincidía con la imagen impecable del edificio. Aun así, algo dentro de él lo empujaba a seguir, como si una fuerza silenciosa quisiera mostrarle algo.

Al entrar, descubrió a varios monjes vestidos con sotanas negras. Se movían en círculo, recogiendo flores secas y preparando el suelo con una precisión inquietante. Mientras trabajaban, entonaban un canto grave que hablaba de la vida y de la muerte. Mateo sintió un escalofrío al darse cuenta de que no era una simple ceremonia, sino un intento de atraer fuerzas que escapaban al entendimiento humano. Fue entonces cuando se fijó en un papel envejecido con un sello real en el que se advertía de que el rey Carlos III había ordenado expulsar a aquellos monjes si continuaban jugando con las artes oscuras.

El ambiente comenzó a volverse más denso y, de pronto, el silencio cayó de golpe, como si la iglesia hubiera notado su presencia. Mateo sintió un vuelco en el pecho al comprender que estaba presenciando el origen del incendio del que tanto había oído hablar, un fuego provocado por un error de cálculo en la ceremonia. Su insistencia por alcanzar algo parecido a la vida eterna había terminado en desastre y la advertencia del rey Carlos III cobrara ahora sentido.

De pronto, el mundo pareció girar a su alrededor. Cuando volvió en sí, estaba de nuevo en la plaza del Vergel, con el trozo de cartón en la mano y el instituto alzándose ante sus ojos. Aunque Mateo intentó convencerse de que todo había sido una visión, sabía que no era así. Desde aquel día sintió que podía regresar a ese espacio alternativo con solo desearlo, como se hubiera convertido, sin quererlo, en el guardián de un secreto que llevaba siglos esperando a ser revelado.

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